María y José llegaron a Belén cansados de tan largo viaje y encontraron acomodo en el último lugar de la posada junto a la mula que llevaban para el camino y un buey que tenía el posadero.
El Niño quería salir ya y María como siempre dispuesta a obedecer
los designios divinos no tuvo inconveniente.
Parió rápida sin más espectadores que la mula y el buey, San José había salido un momento a comprar el
pan.
Era una noche perra, de crudo invierno y María acostó al
Niño en el pesebre entre la mula y el buey para que le diesen calor con su
aliento, mientras ella preparaba la cena para cuando llegase José. Este a su
regreso se encontró que ya era padre y le dijo a María –como se te ha ocurrido
parir sin estar yo aquí. Que sea la última vez que lo haces… María abrió la boca
para justificarse pero José dijo: - y no se hable más, (A San José le gustaba
imponerse) María como buena esposa cerró la boca.
Se asomó a ver al Niño y vio al buey lamiéndole los
piececitos y dijo: -María estos animales no pueden estar aquí son antihigiénicos
para el Niño.
María puso en marcha todos los resortes que tenía para
convencerlo –mira José somos pobres no tenemos mantas para taparlo y está
nevando.
-Eso no es una razón la higiene ante todo.
María razonó –los niños necesitan una mascota para crecer
les ayuda a desarrollar su personalidad.
-Déjate de cursilerías, María los niños tienen que crecer entre
las personas y no entre los animales. Así que fuera esos dos bichos.
En estas estaban
cuando en medio de un gran revuelo llegaban los pastores del lugar a visitarlo trayéndole:
ovejas, conejos y un par de tórtolas. Pero… esto es ya otra historia.
Adelaida Hidalgo


